TÍTULO: Una Greta para Sevilla
SUBTÍTULO
La envidia de Greta es
que los sevillanos siempre se conformarán con un jardincillo que los aleje de
la bulla callejera, aunque eso lleve a taquicardias al ver la ciudad de su
alma.
Recordando la novela de
Henry James “otra vuelta de tuerca” y aprovechando la propaganda nada
concluyente (como siempre) de la Cumbre Internacional del Cambio Climático,
tengo cada vez más claro que Sevilla necesita una Greta. Esa niña cursi de
origen sueco con cara de catadora del mejor vinagre de Jerez y con necesidad de
una refriega capilar con agua de azahar de Sevilla (ahora que el alcalde quiere
acabar con todos ellos).
Decía que necesitamos
una Greta para que le diga a este Ayuntamiento que tener contenedores llenos
con basuras esparcidas por el suelo no es ni ecológico ni higiénico. Haber
retirado los contenedores de aceite usado implica que este líquido viscoso y
tóxico acabe en las redes de Emasesa. Si, además, conociera los fenómenos
paranormales que están ocurriendo últimamente con la combustión de los
autobuses municipales al salir ardiendo entraría en crisis nerviosa parcial
porque la crisis total aparecería al comprobar que en esta ciudad circulan
algunos autobuses turísticos con más años que la invención de la rueda
desprendiendo más monóxido de carbono que la chimenea del abuelo de Heidi
cuando se queda aislado en la montaña durante el invierno.
Y si llevamos a Greta de
copas nocturnas le dará un ataque epiléptico cuando no asimile el ejército de veladores
invadiendo el patrimonio histórico y el acerado de la ciudad. Cada uno de
ellos con su antorcha quemando parafina (residuo petrolífero), butano o
propano. Ni piensen que es una buena idea un recorrido gastronómico por la
ciudad porque aquí lo que nos va es el buen cuchareo y su negativa será para no
contribuir a la emisión de metano al aire sevillano lo que se agradece
realmente. Cosas de vegetarianos.
Para nada sirve hablar
de cambio climático si en Sevilla cada vez quedan menos árboles y la moda del
apeo se está imponiendo a marchas forzadas. Desde aquí solicito foto de Greta con el alcalde
plantando árboles. No se les ocurra hablar de los centros comerciales con la
niña porque cuando advierta el caos circulatorio que se organiza (por falta
de previsión) en las salidas de Torre Sevilla y Lagoh, empezará a
hiperventilar. Aquí en Sevilla lo único ecológico son los coches eléctricos
oficiales y las bicicletas semi-eléctricas de Lipasam. Y, por supuesto, los
pasos de palio que sólo consumen suelas de zapatos, aunque la policía local lo
entienda como un peligro circulatorio; cosas de panaderos. El trauma será total
como se nos ocurra darle a Greta un paseo en coche de caballos y compruebe que
las heces animales no se utilizan como estiércol en los jardines de Cristina o
de María Luisa, sino que van a parar al contenedor urbano donando a la ciudad
un olor pestilente que perdura hasta en madrugada; olores de soledad en un
paseo de ciudad. Cuidado con la niña que si no está acostumbrada a pasear por
esta urbe seguramente pisará algún regalito de un dueño maleducado que ha
sacado a su perro productor también de un anti-ecologismo que contribuye al
cambio climático y, más bien, al cabreo de los vecinos.
Y ahora que estamos en
el Adviento, tiempo de espera, no es deseable el inmovilismo municipal en
ciertas cuestiones importantes de la ciudad. Por eso, no la lleven a la
Macarena, al casco antiguo o a muchos parques ajardinados porque denunciará todas
las pintadas mamarrachas realizadas en fachadas y garajes particulares
llegando al ictus cuando calcule la cantidad de derivados del flúor que se han
emitido a la atmósfera con los aerosoles canallas que manchan esa Sevilla que
soñamos.
En un paseo fluvial por
el río tendrán que taparle los ojos al acercarse a la orilla de Torneo o del
Paseo de la O para que no visione los restos de botellonas ni de peces muertos
que aparecen en la orilla. Y no tengan la feliz idea de invitarla a las
inmediaciones de Pagés del Corro, a los Jardines de Cristina o a la Campana
porque son la zona cero de la comida rápida sevillana donde los restos
de plásticos en forma de vasos y otros utensilios inundan el acerado y sus
alrededores a la vez que proliferan las mismas ratas que fueron protagonistas
de la serie La Peste.
¿Y ese cucurucho de
castañas asadas en la Puerta de Jerez por las que hacemos pucheritos cada vez
que llega la Navidad pero que la niña nos denunciará porque estamos quemando
combustibles fósiles? no me digan que no es tierna la imagen.
Ya es hora de llamar a
Greta para que venga a Sevilla aunque no sé si tendrá un móvil de última
generación (plástico, minerales, metales,..) Será casi imposible avisarla,
aunque, si les digo la verdad, prefiero que Sevilla siga su ritmo, una ciudad
que amo a pesar de todo y a la que no me agrada detenerme en sus
imperfecciones. Greta, que nosotros también lloramos por Sevilla, pero en
silencio.
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