TÍTULO: Voltaire y el himen de Sevilla
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Sevilla tiene tanta
apretura patrimonial que el turismo necesita transpiración y soleo diga lo que
diga este Ayuntamiento de mácula tocada.
En 1730, Voltaire
escribió un poema denominado La doncella de Orleans refiriéndose al mito más
famoso y arraigado de la Francia del momento, Juana de Arco. En ese poema,
Voltaire escribió en versos decasílabos una fina y acertada burla a como un
país podía estar pendiente del himen femenino. Así, cuando Carlos VIII preguntó
a Juana de Arco si era doncella, ella le dijo “que médicos con anteojos,
matronas y clérigos sondeen mis misterios femeninos, que me levanten la falda y
miren allá”. Y ante la sabia respuesta, el rey se preguntó qué tendría esa
mujer que no tuviese su amante Agnès Sorel. Por eso, el rey se arrodilló, se
santiguó y gritó: “¡milagro!”
Sevilla tiene algunos
políticos y regidores Juanas de Arco que creen que, al levantarse su falda, el
resto de los mortales sevillanos nos arrodillamos. Si Francia se rendía al himen femenino,
Sevilla debe mirar de reojo a todos esos políticos que pretenden la veneración
del resto. Este Ayuntamiento quiere hacer de Juana de Arco y que todos nos
postremos para que, en peregrinación, demos el beneplácito ante el manejo del
turismo en la ciudad. Que el barrio de Santa Cruz se colonice cada día por
enormes colas de turistas que quieren visitar el Alcázar con un sistema de
ventas rancio y obsoleto es para que la ciudad, ya arrodillada, diga no al
adobo que hace la Casa Consistorial del turismo.
Me refiero también a
todos los que amparándose en el mandamiento de que el papel lo aguanta todo,
escribe en prensa o en redes sociales cuestiones que son inciertas o sesgan
realidades de lo que realmente se necesita para conseguir un turismo con
mayúsculas. Si de verdad Sevilla enseñara su patrimonio al visitante y no
que el visitante enseñe que puede visitarse de Sevilla, nos dejaríamos de tanto
adobo en las colas del Alcázar y el turista aprendería que Sevilla tiene
ecos en muchas esquinas; otra Sevilla auténtica y secreta que se manifiesta de
forma genuina sin tener que arrodillarse ante Juana de Arco. Créanme, no sé si
será una sugestión mía mientras escribo estas líneas en la isleta de los
pájaros, pero entre lo que compruebo que se pierde un turista en su visita y el
saber que a nuestro regidor sólo le interesa el cuantitativo del turismo y no
el cualitativo me invade una tristeza especialísima.
Sevilla tiene potencial
y patrimonio sobrado para atraer a un turismo que no busque comprar entradas a
través de reventas. No se busca que en los veladores de la ciudad se sirva en vajillas de
plata, pero tampoco que se concentre el turismo en pocos metros. En la ciudad
se reciben anualmente casi dos millones de visitantes y parece que todo se hace
a las mil maravillas. Pues ya les digo yo que no hay que arrodillarse porque si
el turismo se diversificara por todo nuestro patrimonio, ni el visitante
pernoctaría sólo dos días ni se centraría en un par de monumentos.
La política es un campo
de cultivo magnífico y su himen un perfecto sustrato donde la primera
fermentación alcohólica se quedaría en pañales y leemos a diario textos con
demasiadas aristas emponzoñadas. Me gustaría que la Juana de Arco de la
ciudad se acostumbrara a no descubrirse la falda porque no todos somos Carlos
VIII. El mundo sigue girando con o sin Juanas de Arco, con o sin Carlos
VIII y no pretendo ver más himen que el que quiera y desee. Pero no puedo
arrodillarme y dar un sí quiero a un turismo que llega al aeropuerto de San
Pablo y se encuentra aislado. Y no puedo hacer doctrina a un turismo que no
aprende ni le enseñan todos los matices de la ciudad.
Cuando un famoso
escritor visitó a Isaac Newton en su despacho sufriendo éste una dolencia por
su cólico nefrítico agudo, el escritor se asombró tanto por el gran número de
volúmenes como por el color rojo de toda la habitación. Y le dijo “el rojo
os sienta bien, señor Newton”, pero Newton moviéndose ligeramente de su
sillón le respondió “¡no es rojo, es carmesí!”. Y esto le respondo a
todas esas Juanas de Arco del Ayuntamiento sevillano que quieren que me
arrodille para ver su himen y gritar milagro. Mientras otras muchas ciudades
no buscan el histrionismo para mostrar su patrimonio rico e histórico, sino que
buscan su potencial al completo, nosotros seguimos en pleno adobamiento del
visitante convirtiendo a Sevilla en un lugar de frontera entre el Alcázar,
la Catedral y el resto dando lugar a paseos tan desgastados como los escalones
marmoliticos de un convento, con rutas que ni los sevillanos realizan porque
para ver bullas ya tenemos las de la Semana Santa. Que no se levante la
falda el Ayuntamiento sevillano pues sólo es suficiente con decírmelo a la cara
que, seguro, será más agradable.
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